España reabre el debate sobre los incendios con una petición de consenso en resiliencia climática

El debate sobre los incendios forestales vuelve a ganar espacio en España tras otro verano de alta presión climática. En ese contexto, EALDE Business School reclama un gran consenso nacional sobre resiliencia climática y pide sacar la conversación del choque ideológico para llevarla al terreno de la gestión del riesgo, la prevención y la evidencia […]

España afronta un nuevo debate sobre incendios forestales tras un verano marcado por el calor extremo y la presión climática. EALDE

El debate sobre los incendios forestales vuelve a ganar espacio en España tras otro verano de alta presión climática. En ese contexto, EALDE Business School reclama un gran consenso nacional sobre resiliencia climática y pide sacar la conversación del choque ideológico para llevarla al terreno de la gestión del riesgo, la prevención y la evidencia científica.

La propuesta parte de Sergi Simón, experto en gestión de riesgos y asesor académico de EALDE, que advierte de una simplificación cada vez más frecuente en el debate público. A su juicio, reducir el problema a una sola causa impide entender por qué unos fuegos arrasan con una violencia extraordinaria mientras otros, bajo condiciones parecidas, encuentran un territorio más preparado para resistir y responder.

Qué está en juego cuando arde el monte

Según explica Sergi Simón, el riesgo no depende únicamente del peligro inmediato, sino también de la vulnerabilidad del territorio y de la capacidad de reacción. Ese enfoque, habitual en la gestión técnica de emergencias, distingue entre un «riesgo estructural —sobre el que sí se puede actuar— y un riesgo meteorológico», mucho más condicionado por temperaturas extremas, viento, humedad y duración de las olas de calor.

En el primer bloque entran decisiones muy concretas: gestión activa de los montes, reducción de biomasa acumulada, mantenimiento de cortafuegos, planificación territorial y refuerzo de los servicios de extinción. En el segundo pesan factores atmosféricos que hoy resultan más severos en la cuenca mediterránea, una zona especialmente expuesta al calentamiento global y a periodos prolongados de sequía.

El clima agrava el escenario, pero no actúa solo

El diagnóstico enlaza con los datos que maneja la AEMET y con su seguimiento reciente del calor extremo en España. La agencia meteorológica ha venido constatando un aumento sostenido de la temperatura media en las últimas décadas, con un impacto especialmente intenso en verano. Esa tendencia empuja al alza la frecuencia de olas de calor y endurece el comportamiento del fuego, pero no agota la explicación.

Simón resume esa idea con una fórmula clara: el cambio climático incrementa el peligro, mientras la falta de gestión multiplica las consecuencias. Dos masas forestales sometidas a la misma ola de calor, sostiene, pueden ofrecer desenlaces muy distintos si una ha sido cuidada y otra arrastra años de abandono, exceso de combustible vegetal o una interfaz urbano-forestal mal resuelta.

Adaptación y descarbonización, en el mismo plano

Uno de los puntos centrales de su intervención es la necesidad de colocar la adaptación al mismo nivel político que la descarbonización. Reducir emisiones sigue siendo imprescindible, pero el experto cree que el debate nacional dedica menos atención de la necesaria a la pregunta más inmediata: cuánto invierte realmente el país en reducir su vulnerabilidad ante incendios, olas de calor o sequías que ya forman parte del presente.

Ese planteamiento conecta con herramientas públicas ya en marcha, como la plataforma AdapteCCa, impulsada en España para reunir conocimiento y medidas de adaptación al cambio climático. En el ámbito de los incendios, también gana peso la planificación de la interfaz urbano-forestal, el espacio donde viviendas, infraestructuras y masa forestal conviven bajo un riesgo creciente.

Menos identidad política, más criterio técnico

Para EALDE Business School, uno de los principales problemas es que la conversación climática se interpreta a menudo como una señal de pertenencia ideológica. Hablar de adaptación se lee en algunos sectores como una forma de rebajar la gravedad del cambio climático; insistir en la reducción de emisiones, en otros, se interpreta como una amenaza para la actividad económica. En medio de ese cruce, la gestión del riesgo pierde visibilidad.

Frente a esa polarización, Sergi Simón reivindica una lógica más fría: medir, comparar y priorizar. En términos de política pública, eso significa identificar qué inversiones reducen más riesgo por cada euro destinado, desde la modernización de infraestructuras críticas hasta los sistemas de detección temprana, el fortalecimiento de emergencias o la recuperación de actividad económica ligada al monte y al aprovechamiento de biomasa.

Una agenda que va más allá de cada verano

La petición de un consenso nacional llega en un momento en que los incendios ya no se perciben solo como episodios estacionales, sino como una expresión cada vez más visible de un territorio bajo presión. En un país mediterráneo como España, la gestión forestal, la ordenación del suelo y la preparación institucional dejan de ser asuntos secundarios para convertirse en una política de seguridad, sostenibilidad y cohesión territorial.

La idea que sobrevuela el planteamiento de EALDE es que el fuego no entiende de fronteras administrativas ni de lemas partidistas. Lo determinan, sobre todo, el combustible disponible, las condiciones meteorológicas y la capacidad de anticipación. Sobre las dos primeras variables la intervención es desigual; sobre la tercera, la responsabilidad sigue siendo plenamente humana.