
La ficción audiovisual española mantiene una deuda evidente con la diversidad corporal. El Informe ODA contra la gordofobia 2026, presentado este 28 de octubre, dibuja un panorama en el que los cuerpos no normativos no solo aparecen poco, sino que además suelen hacerlo atrapados en relatos que los ridiculizan, los simplifican o los convierten en un rasgo de guion. La fotografía que deja el estudio es clara: en el audiovisual nacional pesan más los estereotipos que los avances reales en inclusión.
Los datos recogidos por el Observatorio de la Diversidad en los Medios Audiovisuales apuntan a una tendencia preocupante. Solo el 8,86 % de los personajes en películas y el 8,15 % en series corresponden a corporalidades no hegemónicas. A esa baja presencia se suma otro indicador aún más revelador: apenas el 7,58 % de los largometrajes y el 7,61 % de las temporadas analizadas aportan una representación positiva, frente a un 31,82 % de filmes y un 28,26 % de series que proyectan imaginarios negativos.
La investigación ha contado con el respaldo del ICAA, organismo adscrito al Ministerio de Cultura, y se ha dado a conocer en el Museo del Traje de Madrid. El estudio analiza 125 películas y 91 temporadas de 89 series españolas estrenadas en 2025, una muestra amplia que permite observar no solo cuántos personajes aparecen, sino también qué lugar ocupan y qué mirada se proyecta sobre ellos.
Menos presencia y menos matices
Uno de los hallazgos más significativos del informe tiene que ver con la relevancia narrativa. Menos de la mitad de los personajes con corporalidades disidentes cuentan con trama propia, una carencia que se acentúa en el cine, donde solo el 40 % dispone de un arco identificable. En las series, el porcentaje sube al 56,97 %, pero sigue dejando una sensación de insuficiencia. La consecuencia es conocida por cualquier espectador atento: estos personajes aparecen, pero rara vez sostienen el relato o condicionan de verdad la historia.
El estudio también subraya que los personajes gordos continúan situados con más frecuencia en papeles secundarios que protagonistas. No se trata solo de cuánto tiempo están en pantalla, sino de cómo son leídos por la narración. La corporalidad sigue funcionando como una etiqueta previa a cualquier matiz psicológico, social o afectivo. En varios casos analizados, incluso desaparece el nombre propio y el personaje queda reducido a su aspecto físico, una señal especialmente dura de hasta qué punto el estigma puede colonizar la escritura audiovisual.
Ese reduccionismo se hace visible en ejemplos concretos. En producciones de 2025 aparecen personajes a los que su entorno llama simplemente Gordo, sin otra identidad reconocible. El informe recoge además la persistencia de asociaciones muy concretas: comida, torpeza, descontrol o falta de deseo legítimo. En la serie Sin gluten, por ejemplo, la protagonista gorda abre una cuenta de OnlyFans en la que aparece comiendo, mientras que en Furia la gordura se cruza con la idea de una muerte asumida casi como inevitable, ligada al infarto y al exceso.
La comedia sigue concentrando buena parte del estereotipo
La investigación detecta otra constante del audiovisual español: la presencia de cuerpos diversos sigue concentrándose en la comedia. En los largometrajes, una cuarta parte de estos personajes se sitúa en ese género; en las series, la cifra supera la mitad. El dato no implica que la comedia sea en sí misma un problema, pero sí confirma una inercia industrial: cuando un cuerpo se sale de la norma, a menudo se le reserva una función humorística o caricaturesca, más cercana al alivio cómico que a una representación rica y contemporánea.
Ese encaje tiene efectos narrativos directos. El personaje gordo se convierte con frecuencia en apoyo del protagonista normativo, en recurso para subrayar rarezas o en catalizador de chistes sobre deseo, ropa, apetito o vergüenza. Son claves que el espectador reconoce de inmediato porque llevan décadas instaladas en la ficción. Lo que cuestiona el informe es precisamente esa normalización: el problema no es la existencia de personajes gordos en registros cómicos, sino que ese siga siendo uno de los lugares casi obligatorios para representarlos.
Frente a ese panorama, uno de los indicadores que deja cierto margen para el optimismo es el llamado Test Divine, que mide si una ficción incluye al menos un personaje relevante con diversidad corporal cuya corporalidad sea explícita sin convertirse en su único rasgo. Solo el 29,41 % de las películas lo supera, pero en las series el dato asciende al 41,86 %. La distancia entre ambos formatos sugiere que la serialidad ofrece más espacio para construir personajes con capas, contradicciones y vida propia.
Edad, género y clase: quién puede salirse del canon

La edad aparece como uno de los filtros más determinantes. Las corporalidades no normativas se concentran sobre todo en la franja de 30 a 50 años y en mayores de 50, mientras que la infancia sigue siendo un territorio de invisibilidad o de burla. En las películas, de hecho, los mayores de 50 representan el 52,83 % de las disidencias corporales. El informe advierte de que muchas producciones familiares continúan presentando la gordura como algo vergonzante o directamente ridículo, una forma de violencia simbólica especialmente persistente.
La variable de género añade otra capa de lectura. Aunque hay menos mujeres con cuerpos diversos, ellas son identificadas antes como fuera del canon, lo que pone de relieve una vigilancia estética más severa sobre los personajes femeninos. El estudio observa también un ligero aumento de corporalidades muy delgadas consideradas no hegemónicas por su relación con la cultura de la dieta. En paralelo, los personajes femeninos disponen de menos margen para salirse de la norma sin que esa diferencia se convierta en un elemento central del juicio narrativo.
La cuestión de clase tampoco es menor en el análisis. Los personajes con cuerpos diversos tienden a pertenecer a la clase media, con un 54,12 % en películas y un 50 % en series. Cuando aparecen personajes gordos ricos, una presencia que aumenta respecto a ejercicios anteriores, su corporalidad se utiliza a menudo para sugerir que son menos fiables, más torpes o moralmente dudosos. Es decir, incluso cuando la ficción les concede estatus económico, la mirada sobre el cuerpo sigue funcionando como un correctivo narrativo.
Intersecciones todavía débiles en pantalla
El informe dedica una parte relevante a la intersección entre diversidad corporal y discapacidad. Según el análisis, cuando estas variables coinciden, la representación suele asociarse a discapacidades físicas, motoras o sensoriales. En el caso de la gordura dentro de las series, en cambio, aparece vinculada sobre todo a problemas de salud mental o discapacidad psicosocial, reforzando una asociación entre falta de control y corporalidad gorda. Además, todos los personajes gordos con discapacidad detectados en el estudio son hombres, un dato que revela una fuerte asimetría de género.
Con la racialización ocurre algo parecido. La intersección sigue siendo escasa y, cuando aparece, tiende a encasillar todavía más a los personajes en roles cerrados, vinculados a los cuidados en el caso de las mujeres o a una función protectora en el de los hombres. El informe menciona Ruido como una excepción valiosa, al presentar a una protagonista gorda racializada que no queda definida exclusivamente por esas categorías. Es precisamente ese tipo de construcción el que el estudio señala como horizonte deseable para una ficción más compleja.
En el terreno de la diversidad LGBTIQA+, la representación mejora en términos cuantitativos, sobre todo por el aumento de personajes gordos queer. Sin embargo, el reparto sigue siendo desigual: son los hombres gays quienes concentran gran parte de esa visibilidad, mientras que las mujeres sáficas continúan respondiendo a patrones más normativos. El análisis invita además a observar cómo la cámara filma el deseo y qué cuerpos quedan autorizados para ser deseables en pantalla, una pregunta decisiva cuando se habla de inclusión real.
Una discusión que ya ha saltado a la agenda cultural
La presentación del informe en el Museo del Traje formó parte de una jornada sobre corporalidad organizada junto a Museos Estatales. En la mesa redonda participaron Alberto Velasco, Ariana A. Celorio, conocida en redes como Eire Pandemonium, Sarahi Boleko y Elena Crimental. Más que una exposición técnica de cifras, el encuentro situó el debate en una dimensión cultural amplia: qué relatos producimos, a quién dejan fuera y cómo la repetición de ciertas imágenes acaba moldeando la percepción colectiva.
En el texto de apertura de la investigación, Alberto Velasco plantea una idea de fondo que atraviesa todo el estudio: la gordofobia no empobrece solo a quienes la sufren, también reduce el imaginario compartido del cine y la televisión. Esa reflexión conecta con una cuestión central para la industria cultural española: la representación no es un gesto cosmético, sino una herramienta que amplía o estrecha el campo de lo posible. Cuantos más cuerpos quedan fuera de la complejidad narrativa, más pequeño se vuelve también el universo de historias disponibles.
Desde esa misma perspectiva, Ariana A. Celorio insistió en que la violencia gordófoba atraviesa la vida cotidiana y encuentra en los medios audiovisuales un mecanismo de legitimación especialmente eficaz. Sarahi Boleko, por su parte, subrayó la ausencia de corporalidades negras y racializadas no normativas en el relato dominante. La intervención de Elena Crimental, coredactora del estudio, puso el acento en la utilidad de contar con datos concretos: medir el sesgo permite discutirlo con más precisión y obliga a la industria a mirarse sin coartadas.
El observatorio también ha elaborado un ranking de plataformas y distribuidoras a partir de las ficciones que superan el Test Divine, aunque advierte de que esos resultados deben leerse en contexto. Más que señalar vencedores, la clasificación evidencia lo limitado del avance general. La entidad celebrará el 15 de diciembre en Barcelona los Premios ODA 2026, cuyas nominaciones se conocerán a comienzos de noviembre, en un momento en que la conversación sobre inclusión ya no se limita al reparto, sino que alcanza la escritura, la dirección y la manera de imaginar los cuerpos en pantalla.