
España vuelve a instalarse en la zona alta de Eurovisión Junior. El representante español, Lucas Paulano, cerró la final de 2026 con una segunda posición que confirma la regularidad de la delegación en el certamen infantil. Su interpretación de Cuore bello (te quiero, te quiero) sumó 184 puntos, una cifra que le dejó a solo 18 del triunfo de Armenia, vencedora de la noche con 202.
El resultado se construyó sobre dos pilares muy claros. Por un lado, Lucas Paulano obtuvo 108 puntos del jurado profesional y se quedó a apenas 6 puntos del primer clasificado en esa votación. Por otro, el televoto le concedió 76 puntos, la tercera nota más alta del público. La combinación dibuja una candidatura competitiva en los dos frentes que suelen decidir el festival: solvencia vocal ante los expertos y conexión emocional con la audiencia.
El podio lo completó Francia con 165 puntos, en una edición especialmente ajustada en su tramo final. La clasificación refuerza además una tendencia que RTVE llevaba tiempo buscando consolidar: no solo estar presente en la conversación eurovisiva, sino hacerlo con propuestas capaces de pelear el triunfo hasta el último recuento. En un formato donde cada detalle de puesta en escena cuenta, España volvió a presentar una candidatura reconocible y muy pensada para televisión.

Un resultado que consolida a España
La segunda plaza de 2026 devuelve a España al Top 2 del certamen, algo que ya había conseguido en 2023 con Sandra Valero y Loviu. Esa continuidad importa porque habla menos de una buena noche aislada y más de una estrategia afinada. En los últimos años, la delegación española ha encontrado un tono propio dentro de RTVE: canciones muy narrativas, imagen cuidada y una mirada clara al público familiar europeo.
En clave de actualidad televisiva, el dato también tiene lectura industrial. Eurovisión Junior se ha convertido en una vitrina especialmente útil para medir cómo una cadena pública construye relato, identidad visual y vínculo con nuevas audiencias. El festival ya no funciona solo como una cita musical infantil; es también una pieza más del ecosistema de contenidos que viven en emisión lineal, redes sociales y consumo bajo demanda, donde la conversación se multiplica en tiempo real.
La actuación española llegaba, además, con un elemento que suele ser decisivo en este tipo de formatos: cerrar la competición. Lucas Paulano fue el encargado de actuar en último lugar entre los 16 países participantes, una posición de enorme visibilidad que puede jugar a favor cuando la propuesta tiene fuerza visual y deja un recuerdo inmediato. En este caso, la candidatura aprovechó esa exposición final para desplegar una actuación emocional, luminosa y muy orientada al lenguaje televisivo.

Quién es Lucas Paulano
A sus 10 años, Lucas Paulano ya llegaba al festival con una cierta familiaridad para el público español. El cantante jienense ganó la décima edición de La Voz Kids España, un escaparate que le situó en el radar de la televisión musical y que ayudó a perfilar una imagen de artista precoz pero muy seguro en escena. Su salto a Eurovisión Junior 2026 encaja así en una trayectoria breve, aunque ya notable, dentro del entretenimiento familiar.
Tras las votaciones, el propio intérprete resumió la mezcla de adrenalina e incredulidad que deja una noche así. Explicó que había disfrutado mucho del escenario y que incluso improvisó un poco durante la actuación. Después confesó que, en pleno recinto, no había entendido bien el reparto de puntos y que al volver al camerino pensaba que había terminado tercero. Fue allí donde la delegación le comunicó que realmente era segundo, una noticia que recibió entre saltos y risas.
Ese componente espontáneo resulta relevante porque conecta con una de las claves de Eurovisión Junior: la autenticidad. Frente a un formato que exige una precisión enorme en realización, vestuario, visuales y narrativa, los mejores momentos suelen aparecer cuando el espectador percibe verdad. Lucas no solo defendió una canción técnicamente exigente; también proyectó una naturalidad que encaja muy bien con el espíritu del concurso y con la forma en que hoy se consume televisión emocional en redes y clips breves.

Una puesta en escena pensada para emocionar
La candidatura española apostó por una escenografía muy construida alrededor del recuerdo. La dirección artística, firmada por Javier Pageo, tomó como punto de partida la idea de recordar entendida en su raíz latina, vinculada al corazón. A partir de esa premisa, la actuación se articuló como un viaje visual por la infancia del cantante. No era solo una canción; era una pequeña narración televisiva de tres minutos, pensada para que cada plano añadiera una capa de significado.
La escena arrancaba en la habitación del propio artista, con una caja de recuerdos como detonante visual. Desde ahí, el escenario se iba transformando en un universo de luz y color que acompañaba el crecimiento emocional de la canción. En el centro destacaba una estructura circular de 523 bombillas que iba mutando durante la actuación hasta convertirse, simbólicamente, en una gran noria. Era un recurso muy eficaz para traducir la intimidad del relato en un espectáculo de gran formato.

Las pantallas ayudaban a expandir ese universo personal con imágenes vinculadas a la vida cotidiana de Lucas Paulano: el fútbol, el piano, la familia, la naturaleza y su perro. El recorrido visual partía de tonos nocturnos y avanzaba hacia una paleta multicolor, una progresión que reforzaba la idea de memoria feliz compartida. En un certamen donde la saturación visual es habitual, España optó por una estética cálida y legible, fácil de seguir incluso en el consumo fragmentado de redes sociales.
Uno de los momentos más comentados fue el desenlace con las pulseras LED del público iluminándose al ritmo de los latidos de la canción. Ese gesto convirtió la actuación en una experiencia colectiva y cerró el relato con una frase escrita por el propio cantante: Tonight will shine forever in my heart. En términos televisivos, fue un final pensado para dejar huella en el plano general, en el clip posterior y en la memoria inmediata del espectador, que a menudo decide su voto desde la emoción.
La canción y el momento de RTVE
Cuore bello (te quiero, te quiero) jugó a favor de una idea muy reconocible: el amor entendido como suma de personas, lugares y recuerdos. Ese mensaje, sencillo pero amplio, suele funcionar especialmente bien en un festival internacional porque supera con facilidad la barrera del idioma. La propuesta combinaba el italiano del título con una sensibilidad muy cercana al pop europeo familiar, una fórmula que permite diferenciarse sin perder claridad. Ahí estuvo buena parte de su eficacia competitiva.

Detrás del resultado hay también un trabajo coral de la delegación española. La preparación vocal corrió a cargo de Verónica Ferreiro, el vestuario fue diseñado por Raúl Amor y los visuales llevaron la firma de Sergio Zyone. En un formato tan medido, esas áreas no son accesorios: son parte del relato. La fortaleza de España en los últimos años pasa precisamente por entender que una candidatura sólida se construye con canción, interpretación, realización y una imagen pública cohesionada.
Para RTVE, el segundo puesto llega además en un momento en el que la música funciona como una de sus grandes herramientas de conexión con públicos diversos. Entre el universo eurovisivo, los formatos de talento y la expansión digital de sus contenidos, la corporación ha reforzado su presencia en un terreno especialmente competitivo. Eurovisión Junior le ofrece una ventana distinta: menos cínica, más transversal y muy útil para construir futuros nombres del pop televisivo español.
La lectura más interesante de la noche quizá esté ahí. Más allá del marcador final, Lucas Paulano sale de Malta con una carta de presentación de enorme alcance para el público europeo y con una visibilidad poco habitual a su edad. España, por su parte, confirma que ha dejado atrás su papel secundario en el concurso infantil y que hoy compite con ambición real. El festival premió a Armenia, pero también dejó claro que la candidatura española ya forma parte del grupo que marca el ritmo del certamen.










