
La vuelta de vacaciones suele traducirse en bandejas de entrada saturadas, contraseñas pendientes de renovar y una carrera por retomar el ritmo. Ese escenario, aparentemente rutinario, es también uno de los más favorables para la ingeniería social: cuanto mayor es la prisa, más fácil resulta que un empleado abra un enlace indebido, valide un acceso o dé por buena una solicitud que no debería pasar el filtro.
Los datos respaldan esa presión creciente. Según el balance de INCIBE, España registra 122.223 incidentes de ciberseguridad en 2025, un 26% más que el año anterior. De ellos, 45.445 corresponden a fraude online y el phishing supera los 25.000 casos, una fotografía que confirma hasta qué punto los ataques más eficaces siguen explotando hábitos cotidianos y no solo fallos técnicos.
En el entorno empresarial, además, la presión no se limita al correo fraudulento. La Línea 017 de INCIBE constata el peso de las suplantaciones y de los engaños diseñados para provocar decisiones rápidas: la imitación de identidad figura entre las consultas más frecuentes de las empresas, junto al phishing y al llamado fraude del CEO, una fórmula que simula órdenes de un directivo para obtener transferencias o datos sensibles.
Septiembre, un mes especialmente sensible
El regreso al trabajo concentra varios factores de riesgo al mismo tiempo. Los equipos vuelven a conectarse tras semanas fuera de la oficina, pueden arrastrar actualizaciones sin instalar y se enfrentan a un aluvión de mensajes acumulados. Para Qualiteasy Internet Solutions, firma especializada en ciberseguridad y distribuidora en España de soluciones de Faronics, ese cóctel convierte septiembre en un momento clave para revisar accesos, permisos y dispositivos.
Ignasi Nogués, directivo de Qualiteasy, resume bien el problema: muchos ataques no necesitan perforar sistemas complejos, sino encontrar el instante exacto en el que alguien actúa sin verificar. En la práctica, eso significa correos que imitan a Microsoft 365, avisos bancarios, documentos compartidos aparentemente legítimos o mensajes de mensajería que aprovechan el cansancio de la vuelta.
Los fraudes más comunes tras el verano
Entre los engaños más habituales figura el falso aviso de caducidad de contraseña, una trampa que redirige al usuario a una página clonada para capturar sus credenciales. También ganan terreno los mensajes por WhatsApp de un supuesto responsable que dice haber cambiado de número y solicita una transferencia urgente, una mecánica que mezcla urgencia, jerarquía y una apariencia de normalidad muy difícil de detectar cuando el contexto acompaña.
Otro foco delicado son las falsas facturas o los cambios inesperados en cuentas bancarias de proveedores. Este tipo de ataques, conocidos como Business Email Compromise o BEC, no siempre se apoya en mensajes burdos: a menudo utiliza información real sobre pedidos, nombres de empleados o intercambios previos para que la petición encaje en la operativa diaria y no despierte sospechas a primera vista.
A eso se suman los documentos compartidos que conducen a pantallas de inicio de sesión fraudulentas y las peticiones de autenticación multifactor que el usuario no ha iniciado. En ese punto, la recomendación de los especialistas es simple: no aprobar nunca una validación que no se haya solicitado expresamente y elevar la incidencia en cuanto aparezca, porque ese gesto puede ser la última barrera antes de una intrusión en cadena.
Qué deberían revisar ahora las empresas
Más allá de la alerta puntual, septiembre se plantea como un buen momento para una puesta a punto de la seguridad digital. La revisión básica pasa por confirmar que ordenadores, smartphones, navegadores, servidores y aplicaciones corporativas están al día, incluidas las herramientas de protección. No es un detalle menor: muchas brechas se explotan precisamente cuando un parche crítico lleva semanas pendiente.
También conviene examinar los accesos recientes a las cuentas corporativas para detectar ubicaciones extrañas, nuevos dispositivos, intentos fallidos repetidos o inicios de sesión en horarios anómalos. En paralelo, las empresas deberían verificar que la autenticación multifactor sigue activa en servicios sensibles como el correo, las suites de productividad, la VPN o las plataformas financieras.
Las copias de seguridad merecen una atención aparte. No basta con saber que existen: hay que comprobar que incluyen la información necesaria, que conservan versiones anteriores y, sobre todo, que pueden restaurarse sin fricciones. En un momento en el que los portátiles corporativos han pasado por hoteles, aeropuertos, viviendas turísticas o espacios de coworking, la capacidad real de recuperación deja de ser un asunto técnico secundario.
La revisión de privilegios y cuentas activas completa esa fotografía. El inicio de curso laboral es un buen punto para eliminar usuarios obsoletos, restringir permisos de administrador y comprobar si alguna credencial corporativa se ha visto expuesta en filtraciones previas. Ese rastreo, cada vez más habitual en la gestión preventiva, permite detectar riesgos que pueden llevar meses circulando antes de convertirse en un acceso indebido.
El factor humano sigue siendo decisivo
La actualidad de la ciberseguridad vuelve a recordar que el empleado sigue siendo una de las principales líneas de defensa. Un recordatorio breve sobre phishing, contraseñas, transferencias y suplantaciones puede resultar más eficaz en septiembre que una gran formación anual desconectada del momento real de exposición. En plena sobrecarga de mensajes, parar medio minuto para comprobar una petición sigue siendo una de las medidas más rentables.
Ese enfoque, cada vez más presente en las políticas corporativas, combina prevención, protección, detección y recuperación. La tecnología continúa siendo imprescindible, pero la actualidad demuestra que buena parte de los incidentes nace de una acción aparentemente menor: un clic, una contraseña introducida a destiempo o una transferencia aprobada sin una segunda verificación.