
En verano, el deterioro del cabello no se explica sólo por el sol, la sal o el cloro. También entran en juego rutinas aparentemente inocuas, como pasar tiempo en un coche recalentado, recibir el aire acondicionado de forma directa o conducir con la ventanilla bajada, tres situaciones que elevan la sequedad de la fibra y favorecen la rotura.
Alessandra Chiarello, responsable de Oramai, advierte de que el cabello también envejece por la acción de factores externos, igual que ocurre con la piel. Ese envejecimiento se traduce en una fibra menos elástica, más áspera al tacto y con mayor tendencia a perder brillo, especialmente cuando el pelo está teñido, aclarado o sometido a tratamientos frecuentes.
Lo que más castiga la fibra en los meses de calor
Las altas temperaturas de verano aceleran la pérdida de hidratación y alteran la estructura de la cutícula, la capa externa que protege el cabello. Cuando esa barrera se debilita, el pelo se vuelve más vulnerable a la fricción, a la oxidación del color y a la aparición de puntas abiertas, un problema habitual en cabellos finos, rizados o previamente sensibilizados.
Uno de los gestos que más se repiten en vacaciones es entrar en el mar o en la piscina con el cabello seco. Según explica Chiarello, esa práctica facilita que la fibra absorba más sal y cloro, porque actúa como una esponja. Mojarlo antes con agua limpia reduce esa absorción y ayuda a limitar el impacto de los agentes externos sobre el color y la textura.
El interior del coche es otro foco de agresión menos comentado. La acumulación de calor en trayectos largos crea un ambiente especialmente seco, y si a eso se suma el flujo constante de aire frío del climatizador, el resultado puede ser una deshidratación intensa. En paralelo, el viento que entra por la ventanilla abierta multiplica los enredos y desgasta la cutícula por rozamiento continuo.

Color más frágil y cabello más quebradizo
El efecto del cloro no se limita a los rubios. También puede alterar tonos oscuros y acelerar la pérdida de matices en cabellos coloreados. En los meses de más exposición, mantener el color depende menos de un gesto puntual y más de una estrategia constante: limpieza suave, nutrición, protección antioxidante y productos que ayuden a sellar la fibra.
En el caso del cabello rizado, la vigilancia debe ser aún mayor. Su estructura dificulta que los aceites naturales lleguen con facilidad de la raíz a las puntas, de modo que la deshidratación aparece antes y con más intensidad. Dormir con el pelo mojado tampoco ayuda: cuando la fibra está húmeda, pierde resistencia y se vuelve más frágil frente al roce con la almohada o al cepillado posterior.
La prevención gana peso en el cuidado capilar
La idea de reparar después de la exposición se queda corta en verano. El enfoque que plantean cada vez más especialistas pasa por prevenir antes del daño: proteger el cuero cabelludo, mantener una hidratación regular, reforzar la fibra con tratamientos nutritivos y reducir la exposición prolongada al calor ambiental y mecánico.
En Madrid, Oramai desarrolla su actividad en el barrio de Salamanca, una de las zonas más reconocibles de la capital por su perfil residencial y comercial. En ese contexto, el discurso sobre salud capilar se desplaza de la estética inmediata al cuidado sostenido de la fibra, una conversación cada vez más presente en belleza cuando suben las temperaturas y el color se expone más al desgaste.
Más allá del salón, la recomendación práctica es sencilla: evitar exposiciones largas al calor cerrado, no abusar del aire directo, aclarar el cabello tras el baño, desenredar con suavidad y reforzar la hidratación antes de que aparezcan los signos de fatiga. En plena temporada estival, el pelo pide menos improvisación y más constancia.