La expansión de la inteligencia artificial en la vida académica convierte este verano una cuestión técnica en un debate de fondo: qué papel conserva la escuela cuando un alumno puede resumir textos, traducir, ordenar ideas o resolver ejercicios en cuestión de segundos. La discusión ya no se limita a prohibir o permitir herramientas, sino a revisar qué tipo de aprendizaje sigue teniendo sentido.

Aníbal J. Bogliaccini, psicopedagogo, director de Lab Academy Madrid y autor de La educación silenciosa, plantea que el sistema educativo entra en una fase de redefinición. Su tesis es clara: la escuela pierde el monopolio del acceso al conocimiento, pero gana relevancia como espacio donde se aprende a interpretar, contrastar y sostener un criterio propio.
Del contenido al juicio propio
El cambio afecta al corazón mismo de la enseñanza. Durante años, buena parte del aprendizaje escolar se apoya en la memorización, la repetición y la búsqueda de la respuesta correcta. Con la IA, ese esquema se resquebraja: la respuesta aparece antes, pero no siempre llega explicada, contextualizada ni libre de sesgos. Ahí es donde, según Bogliaccini, la escuela necesita moverse desde la acumulación de contenidos hacia la comprensión profunda.
Para el experto, el reto educativo en 2026 no consiste en que el estudiante repita una solución, sino en que entienda por qué esa solución funciona, qué límites arrastra y cómo se relaciona con su propia mirada del mundo. Esa idea conecta con un debate más amplio sobre la alfabetización digital: saber usar una herramienta ya no basta si no se aprende también a desconfiar, verificar y preguntar mejor.
El profesor cambia de lugar, no de valor
Lejos de dibujar un escenario de sustitución, Bogliaccini sostiene que el docente gana peso precisamente allí donde la tecnología no llega. Un sistema puede ofrecer explicaciones múltiples, pero no conoce el contexto emocional del alumno, ni detecta con la misma sensibilidad el bloqueo, la inseguridad o la falta de motivación. En esa dimensión relacional, la figura del profesor sigue siendo central.
Ese desplazamiento redefine también la tarea diaria en el aula. El profesor deja de ser solo transmisor de materia para actuar como observador, orientador y acompañante del proceso de aprendizaje. Hacer buenas preguntas, activar la curiosidad, ayudar a tolerar la frustración o enseñar a sostener una conversación crítica con la información pasan a ocupar un lugar más visible en el trabajo educativo.
Los deberes que sobreviven a la automatización
Uno de los frentes más expuestos por la llegada de la inteligencia artificial es el de los deberes. Si una herramienta resuelve en segundos actividades puramente mecánicas, la utilidad pedagógica de ciertas tareas queda en entredicho. La cuestión, en este punto, no es solo cómo controlar el uso de la tecnología, sino si determinados ejercicios seguían aportando aprendizaje antes incluso de que existiera esta automatización.

Desde esa perspectiva, las tareas escolares se orientan cada vez más hacia la argumentación, la investigación, el trabajo por proyectos y la capacidad de explicar el proceso seguido. Importa menos entregar una respuesta impecable y más mostrar cómo se llega a ella. En un contexto dominado por asistentes capaces de redactar y ordenar información, el valor diferencial se desplaza hacia la elaboración personal.
Aprender a preguntar en la era de las respuestas instantáneas
Otra de las ideas que gana terreno este julio es la de enseñar a formular preguntas de calidad. En un entorno donde las respuestas son inmediatas, la diferencia la marca la precisión de la consulta, la lectura crítica del resultado y la capacidad de detectar lo que falta. Para Lab Academy, esa competencia será una de las más relevantes en los próximos años.
La alfabetización en IA, bajo esa lógica, no se reduce al manejo instrumental. Incluye saber cuándo apoyarse en la herramienta, cómo aprovecharla sin delegar por completo el esfuerzo intelectual y en qué momento conviene poner en duda lo que ofrece. La tecnología puede funcionar como apoyo cercano, incluso como tutor disponible, pero pierde valor educativo cuando sustituye el proceso de pensar en lugar de ensancharlo.
Una escuela atravesada por los problemas reales
El debate sobre la IA llega, además, a un sistema educativo que ya convive con otros desafíos: salud mental, hiperestimulación digital, diversidad o incertidumbre sobre el futuro profesional. Bogliaccini plantea que estos asuntos no son periféricos ni complementarios, sino parte del mundo en el que ya viven niños y adolescentes. La escuela, por tanto, no solo actualiza herramientas; también revisa prioridades.
En el caso de Lab Academy Madrid, el proyecto se presenta con un modelo de secundaria personalizada, grupos reducidos y acompañamiento académico, emocional y vocacional, según explica su sitio oficial. El centro sitúa entre sus ejes el pensamiento crítico, la autonomía y la adaptabilidad, tres competencias que encajan con este nuevo escenario en el que la información abunda, pero el criterio no siempre acompaña.
La discusión educativa que se abre este año no gira sólo en torno a cuánta tecnología entra en clase, sino a qué parte de lo humano conviene proteger con más cuidado. En ese marco, la creatividad, la empatía, la curiosidad y la convivencia aparecen menos como conceptos abstractos y más como capacidades que la escuela necesita trabajar con intención si quiere seguir siendo relevante en una época de respuestas automáticas.