
Grupo Orobianco ha decidido cerrar la etapa de Orobianco como restaurante de alta cocina en Calpe, un movimiento que reordena el mapa de uno de los proyectos italianos más visibles de la gastronomía española en los últimos años. La decisión marca un cambio de ciclo para una casa que logró situarse en la conversación culinaria nacional desde la Costa Blanca y que ahora sitúa su foco empresarial en Barcelona, donde quiere concentrar su crecimiento inmediato con nuevos formatos y una oferta más adaptada al pulso urbano.
Durante más de una década, Orobianco funcionó como una dirección de destino. Su ubicación en las colinas de Calpe, con el perfil del Peñón de Ifach como telón de fondo, ayudó a construir un relato gastronómico muy vinculado al paisaje mediterráneo. A eso se sumó una propuesta culinaria que tomó la tradición italiana como punto de partida, pero encontró en el producto local, en la técnica contemporánea y en la sensibilidad de sala una personalidad propia que logró diferenciarse dentro del panorama español.
El cierre tiene también una lectura sectorial. En un momento en el que muchos grupos de restauración revisan costes, formatos y ciudades estratégicas, el paso de Calpe a Barcelona refleja cómo la restauración de autor busca cada vez más plazas con actividad constante, proyección internacional y capacidad para diversificar negocio. En esa lógica, la capital catalana ofrece flujo local, turismo gastronómico y una escena competitiva donde la cocina italiana contemporánea sigue encontrando espacio para evolucionar más allá del modelo de gran restaurante de destino.
Una casa con reconocimientos y peso propio

La trayectoria de Orobianco estuvo respaldada por sellos de prestigio que ayudaron a consolidar su nombre. El restaurante obtuvo 1 estrella Michelin y 1 Sol Guía Repsol, además de figurar en la lista 50 Top Italy de restaurantes italianos fuera de Italia. Más allá de los galardones, su relevancia residió en haber defendido desde España una idea de cocina italiana de alta exigencia, sofisticada pero legible, conectada con el entorno mediterráneo y alejada de cualquier lectura folclórica o meramente nostálgica.
Ese posicionamiento fue importante porque la cocina italiana de alta gama todavía ocupa en España un lugar relativamente singular frente al peso histórico de otras tradiciones europeas en la restauración gastronómica. Orobianco contribuyó a demostrar que la herencia culinaria italiana podía traducirse en un lenguaje contemporáneo, técnico y ambicioso sin perder raíces. Su recorrido ayudó además a consolidar la percepción de que la despensa mediterránea compartida entre ambas orillas sigue siendo un terreno fértil para discursos culinarios híbridos y con sentido cultural.
Al frente de esa construcción estuvo la dirección gastronómica de Paolo Casagrande, con Andrea Drago al mando de la cocina durante esta etapa. La propuesta se apoyó en una combinación de producto, técnica y sensibilidad actual, una fórmula que permitió a la casa desarrollar un estilo reconocible. En sus palabras, Calpe fue una plataforma decisiva para levantar el grupo, ensayar ideas y perfilar una manera de entender la cocina italiana que hoy consideran parte esencial de su identidad empresarial y culinaria.

La dimensión emocional del cierre también pesa. Según ha explicado el propio Paolo Casagrande, el proyecto ha sido especialmente significativo para quienes formaron parte de él, tanto por lo construido en cocina como por el arraigo desarrollado en Calpe. En esa lectura hay algo más que un simple traslado de foco: se cierra un capítulo fundacional. En restauración, donde marca, equipo y territorio suelen avanzar entrelazados, abandonar una sede emblemática equivale muchas veces a redefinir el relato entero de una compañía.
Barcelona, nuevo centro de gravedad
La nueva hoja de ruta sitúa a Barcelona como principal eje de desarrollo para Grupo Orobianco. La ciudad ya acoge Osteria Condal, el proyecto con el que la compañía quiere abrir esta nueva etapa. La elección no sorprende. Barcelona se ha consolidado como uno de los polos gastronómicos del sur de Europa, con una clientela local habituada a la restauración de concepto, un público internacional constante y una escena donde conviven la cocina de autor, la informalidad cuidada y los modelos híbridos con notable naturalidad.

Para Inna Skriabina, consejera delegada del grupo, el cambio responde a una evolución lógica. Su lectura es que Calpe fue el lugar donde pudieron crear, aprender y dar forma al proyecto, pero que el momento actual exige avanzar hacia nuevos formatos. Esa idea resume bien una tendencia extendida en el sector: crecer ya no pasa solo por abrir más mesas, sino por adaptar el lenguaje gastronómico a espacios, barrios y consumidores distintos. En ese contexto, Barcelona ofrece una plataforma especialmente adecuada para ese tipo de transición.
Osteria Condal no se presenta como una réplica de Orobianco, sino como una derivación natural de la experiencia acumulada. El proyecto, liderado igualmente por Paolo Casagrande, propone una lectura contemporánea de la osteria con fuerte acento mediterráneo. La clave está en combinar referencias italianas y catalanas desde una cocina pensada para compartir, más flexible en ritmos y formatos, y probablemente más cercana a la manera en que hoy se come en una gran ciudad: con menos solemnidad, pero con la misma atención al producto y a la coherencia del conjunto.
Ubicado en el Paral·lel, uno de los ejes urbanos con más tradición escénica y renovación hostelera de Barcelona, el restaurante incorpora además una bodega de cerca de 300 referencias y una puesta en escena inspirada en la luz y el movimiento del Mediterráneo. Ese detalle no es menor en términos editoriales: las aperturas que mejor funcionan ya no se sostienen solo en el plato, sino en una suma de atmósfera, sala, vino y capacidad de insertarse en el estilo de vida de su barrio. Ahí es donde se juega buena parte de la restauración contemporánea.


Qué cambia en la propuesta del grupo
El paso de un gran restaurante gastronómico a una osteria contemporánea dice mucho sobre cómo están mutando los deseos del comensal. Hoy se valora una cocina rigurosa, sí, pero también la posibilidad de volver, compartir, pedir vino por curiosidad y alargar la sobremesa sin el corsé de una liturgia excesiva. Grupo Orobianco parece leer bien ese cambio al trasladar su esencia a un formato más versátil. No se trata de rebajar ambición, sino de canalizarla hacia una experiencia distinta, más cotidiana y quizá más sostenible en términos de negocio.
Ese ajuste responde también a una transformación amplia del lujo gastronómico. Frente al modelo clásico de la alta cocina como ocasión excepcional, gana terreno una idea más líquida del disfrute: espacios bien diseñados, producto impecable, relato cultural y una hospitalidad cálida que permita entrar sin ceremonia. En ese terreno, la cocina italiana tiene ventaja por su conexión inmediata con el placer de mesa, pero también el reto de evitar la obviedad. La oportunidad para Osteria Condal estará precisamente en sostener sofisticación y cercanía sin caer ni en el formalismo ni en la caricatura.
La continuidad parcial del universo Orobianco en Calpe llegará, en principio, a través de O·B Rooftop, que seguirá activo la próxima temporada bajo la misma propiedad y con parte del equipo histórico. Ese matiz evita una ruptura total con el enclave alicantino y preserva una presencia del grupo en la zona, aunque desde un registro muy distinto. La propuesta de este espacio se apoya en una vertiente más desenfadada, con comfort food, coctelería, música y ocio, una fórmula que encaja con la evolución reciente de la oferta de restauración y entretenimiento en la costa.
Que O·B Rooftop continúe como proyecto independiente permite además entender mejor la estrategia del grupo: separar líneas de negocio y dejar que cada una encuentre su propio lenguaje. Por un lado, Barcelona concentrará la expansión gastronómica con una propuesta de identidad mediterránea e italiana más afinada al ritmo urbano. Por otro, Calpe mantiene un activo vinculado al ocio y a la temporada. Para una empresa nacida en la restauración de autor, esta diversificación muestra una madurez empresarial que va más allá del prestigio culinario y entra de lleno en la lógica de marca.
Lo que deja Calpe en el mapa gastronómico

El recorrido de Orobianco deja huella en Calpe, una localidad alicantina que en los últimos años ha reforzado su imagen más allá del turismo estacional. Con algo más de 27.000 habitantes, según recoge Calpe, la ciudad ha convivido con una oferta gastronómica creciente, impulsada por el atractivo del litoral y por un viajero cada vez más dispuesto a desplazarse por una mesa concreta. En ese paisaje, Orobianco ayudó a elevar el perfil culinario del destino y a asociarlo con una experiencia de mayor sofisticación.
También deja una lección sobre cómo los proyectos gastronómicos transforman territorio. Cuando un restaurante de alta cocina se instala y permanece, no solo genera empleo y visibilidad; altera la percepción del lugar, atrae a un visitante distinto y obliga a mirar el entorno con otra ambición. Eso fue parte de lo que ocurrió con Orobianco en Calpe. Su cierre, por tanto, no es un simple movimiento corporativo, sino una noticia relevante para la escena gastronómica valenciana y para quienes siguen la evolución de los restaurantes que han marcado una época reciente en la cocina española.
En paralelo, el desembarco reforzado en Barcelona añade competencia y diversidad a una ciudad que no deja de redefinir su identidad culinaria. Con más de 1,7 millones de habitantes en el municipio y una enorme proyección metropolitana, según datos recogidos en Barcelona, la capital catalana funciona como laboratorio para conceptos gastronómicos que quieren dialogar con públicos distintos en una misma mesa. Ese es el escenario al que se asoma ahora Grupo Orobianco, con la experiencia del pasado reciente y la presión de demostrar que su relato también puede crecer lejos del gran comedor de destino.