
El Observatorio de Igualdad de RTVE sitúa este lunes en San Sebastián una discusión que atraviesa de lleno al cine y a la televisión españoles: quién puede contar historias, desde qué lugar y con qué oportunidades reales. La jornada ¿Quién tiene derecho a imaginar? Por un audiovisual feminista, antirracista y decolonial, celebrada en Tabakalera en el marco del Festival de San Sebastián, pone el foco en las mujeres migrantes y racializadas del sector, tanto en la representación en pantalla como en las condiciones de acceso al trabajo detrás de la cámara.
El encuentro se organiza junto al Grupo de Trabajo Interterritorial por la igualdad de género en el audiovisual, conocido como GTI, una red formada por asociaciones como CIMA, Dones Visuals, Dona i Cinema, AAMMA, AMMA, (H)emen y MIA. Más que una cita simbólica dentro del calendario del festival, la jornada busca aterrizar un debate que en los últimos años gana peso en la conversación cultural española: la brecha entre los discursos sobre diversidad y la realidad cotidiana de la industria.
Una conversación sobre representación y poder
En la apertura institucional participan Maialen Beloki, futura directora del Festival de San Sebastián; Beatriz Aparicio, jefa de Unidad del Observatorio de Igualdad de RTVE; y Jazmín Beirak, directora general de Derechos Culturales del Ministerio de Cultura. La presencia de estas responsables subraya que la cuestión ya no se formula solo en términos de sensibilidad cultural, sino también de políticas públicas, criterios de selección y capacidad de decisión en un sector en el que el acceso sigue siendo desigual.
Durante la jornada, Beatriz Aparicio defiende la utilidad de estos foros de trabajo colectivo con asociaciones de mujeres del audiovisual y vincula ese intercambio a cambios concretos en la selección de proyectos. Su intervención también sirve para adelantar una de las novedades de esta edición del festival: la reformulación del Premio RTVE-Otra Mirada, que desde este año desplaza su atención hacia las mujeres productoras, una figura clave en la arquitectura de cualquier película y, al mismo tiempo, menos visible en el relato público sobre el cine.

El diagnóstico que recorre las conversaciones es claro. Las mujeres racializadas y migrantes siguen encontrando obstáculos desde el inicio de sus trayectorias, antes incluso de llegar a la financiación o a los espacios de validación profesional. La cuestión no afecta solo a cuántas historias llegan a rodarse, sino también a quién tiene legitimidad para imaginar personajes, mundos y conflictos alejados de una mirada hegemónica. En una industria tan dependiente de redes, comités y apoyos institucionales, esa desigualdad condiciona la pluralidad real del relato audiovisual.
Las barreras que siguen fuera de plano
La primera conversación de la jornada, centrada en prácticas y políticas con perspectiva antirracista y decolonial, reúne a la actriz y cineasta Beatriz Mbula, la investigadora y gestora cultural Dagmary Olívar Graterol y la cineasta Wendy Espinal. A partir de estudios y experiencias personales, las participantes describen una cadena de dificultades que va desde la precariedad y la falta de formación específica hasta los sesgos presentes en jurados, residencias artísticas y órganos que reparten recursos.
El debate se detiene en una idea especialmente incómoda para el sector: el racismo no opera solo en el resultado final de las obras, también atraviesa la estructura que decide qué proyectos se consideran valiosos. Beatriz Mbula resume esa tensión al advertir de que el racismo sigue siendo “demoledor” en la industria audiovisual española y pide ensanchar las estructuras de poder. Su planteamiento desplaza la discusión desde la visibilidad superficial hacia una pregunta más profunda sobre quién ocupa los espacios donde se toman decisiones.
La cineasta dominicana Wendy Espinal pone palabras a ese recorrido desigual al describir cómo los obstáculos aparecen mucho antes de entrar en una sala de rodaje. Habla de las dificultades para acceder a la financiación, de la composición de los comités de selección y de las legislaciones que ordenan el sector. Su reflexión introduce una crítica que resuena con fuerza en el festival: la industria puede apropiarse de ideas, estéticas o relatos vinculados a la diversidad sin garantizar la presencia efectiva de quienes los encarnan.

En la misma línea, Dagmary Olívar recuerda que las mujeres migrantes y racializadas forman parte de una porción significativa de la población y, sin embargo, siguen sin estar representadas de forma proporcional en las pantallas ni en los equipos. Su lectura va más allá del ámbito audiovisual y conecta esa exclusión con el sistema educativo, la formación artística y los mecanismos de legitimación cultural. Cuando los recursos, las ayudas y la confianza llegan tarde o llegan poco, el llamado derecho a imaginar deja de ser una consigna y se convierte en una cuestión material.
Nuevas narrativas frente a los viejos estereotipos
La segunda mesa abre una discusión que afecta directamente a la construcción de personajes y relatos. Moderada por la directora y guionista Lucía G. Romero, reúne a Daysi Cruz Cid, Eva Montoya, Xixi Sofía Yen Chen y Herminia Loh. El punto de partida es rotundo: las personas racializadas suelen aparecer en pantalla atrapadas entre tres escenarios, el cliché, la instrumentalización o la invisibilidad. Es decir, o bien son reducidas a estereotipos, o bien se incorporan como gesto cosmético, o sencillamente no existen.
Lucía G. Romero plantea que esas dinámicas no son anecdóticas, sino estructurales. Cuando un personaje racializado se escribe desde el cliché, no solo se empobrece la ficción: también se refuerzan formas de violencia social ya presentes fuera de la pantalla. Cuando la diversidad se convierte en una cuota o en una apariencia de modernidad, el resultado puede parecer inclusivo, pero mantiene intacto el reparto del poder narrativo. Esa crítica apunta a una tendencia reconocible en parte de la producción contemporánea, donde la representación se usa a veces como sello, no como transformación.
La productora y consultora audiovisual Daysi Cruz Cid introduce un matiz relevante al destacar el potencial de la animación para modificar imaginarios desde la infancia. En un momento en el que las plataformas y los contenidos infantiles tienen una influencia decisiva en la formación simbólica, su intervención recuerda que la disputa por la representación empieza muy pronto. Qué cuerpos, voces y familias aparecen en esos relatos no es un detalle menor: condiciona la forma en que muchos niños aprenden a verse y a situarse en el mundo.

También Eva Montoya, guionista gitana, insiste en la necesidad de que los colectivos representados participen en la construcción de sus propias historias. No se trata únicamente de aparecer, sino de intervenir en la escritura, el enfoque y el tono del relato. Esa presencia, delante y detrás de la cámara, funciona como antídoto frente a la tokenización y frente a una larga tradición de personajes diseñados desde la distancia. En términos de industria, la reivindicación es directa: voz hay; lo que falta son herramientas, acceso y un reparto más equitativo del micrófono.
La actriz Herminia Loh, vinculada a Iván & Hadoum, describe una experiencia que resume bien el problema de fondo. Recuerda que la representación marroquí en la televisión española que veía de niña era escasa y, a menudo, pobre o distorsionada. Su testimonio introduce otra capa en la discusión: la ausencia de referentes no es solo una carencia estética, también tiene consecuencias en la manera en que niños y adolescentes construyen expectativas sobre sí mismos. Lo que no se ve, o lo que solo se ve mal, acaba marcando el imaginario de toda una generación.
Por su parte, Xixi Sofía Yen Chen relata cómo el racismo atraviesa la infancia y la adolescencia a través de la burla, la humillación o la exigencia de encarnar determinados estereotipos, como el de la excelencia académica asignada a algunas minorías. Su intervención conecta el debate audiovisual con una experiencia social más amplia: la representación no nace en el set, sino mucho antes, en la escuela, en la calle y en los códigos culturales que determinan quién resulta legible y quién queda convertido en excepción.
Informes, datos y cambios en RTVE
La jornada también sirve para presentar dos investigaciones que refuerzan con datos lo que muchas profesionales llevan años denunciando. Dones Visuals da a conocer su estudio Violencia y desigualdades en el audiovisual catalán. Diagnóstico desde una perspectiva de género interseccional, mientras que CIMA pone en valor el informe Mujeres migrantes y/o racializadas en el audiovisual español: informe sobre la ocupación laboral y percepciones del colectivo en la industria. Ambos trabajos apuntan a una combinación persistente de precariedad, violencia y falta de representación efectiva.

Ese respaldo documental importa porque desplaza la conversación de la percepción individual al terreno de la evidencia. En una industria acostumbrada a escudarse en la excepcionalidad de cada caso, los informes aportan una radiografía más amplia sobre contratación, acceso, reconocimiento y condiciones laborales. También permiten medir algo esencial en cualquier política de igualdad: si los compromisos públicos se traducen o no en cambios verificables. El gesto cultural, por sí solo, ya no basta; el sector empieza a exigirse indicadores y revisiones concretas.
En paralelo, RTVE aprovecha el marco del festival para introducir un giro en su propio sistema de reconocimiento. El Premio RTVE-Otra Mirada, que alcanza este año su vigésima edición, pasa a distinguir a una mujer productora cuya trayectoria contribuya a una industria más diversa, inclusiva e igualitaria. El cambio no es menor. Hasta ahora, el galardón premiaba películas sensibles a la realidad de las mujeres; ahora sitúa la atención en quienes impulsan los proyectos desde su origen y condicionan qué historias llegan a existir.
La reforma del premio responde, según explica la corporación, a años de diálogo con profesionales del sector y a la necesidad de visibilizar el papel de las productoras como agentes decisivas en la transformación del audiovisual. En una época en la que la diversidad ya forma parte del vocabulario institucional, mover el foco hacia la producción supone reconocer dónde se juega buena parte del poder real. No solo importa quién dirige o interpreta, sino quién levanta la financiación, acompaña el desarrollo y abre camino a nuevos relatos.
Ocho largometrajes compiten por el XX Premio RTVE-Otra Mirada en las distintas secciones del Festival de San Sebastián. Entre las candidatas figuran las productoras y coproductoras de Artakalan / What Remains, Garrat du váimmu / Brace Your Heart, Krux, Markens grøde / Growth of the Soil, Body of Glass, Obuvkite na bashta mi / My Father’s Shoes, Josephine y Soudain / All of a Sudden (De Repente). El jurado lo integran Marisa Fernández Armenteros, Laia Costa y María Solana.
La combinación entre debate público, estudios especializados y revisión de premios confirma que la conversación sobre igualdad en el audiovisual español entra en una fase más concreta y menos declarativa. En San Sebastián, el debate ya no gira solo en torno a la visibilidad, sino al reparto del trabajo, los recursos y la autoridad cultural. La pregunta que da título a la jornada sigue abierta, pero en el festival toma una forma muy precisa: quién tiene derecho a imaginar y quién sigue esperando permiso para hacerlo.