
La irrupción de la inteligencia artificial cambia ya la conversación educativa de cara a la nueva vuelta al cole. Si un estudiante puede resumir un libro, resolver ejercicios o estructurar un trabajo en segundos, la cuestión deja de ser cuánto contenido acumula y pasa a ser cómo aprende a interpretar, contrastar y dar sentido a lo que tiene delante.
En ese debate gana peso la voz de Aníbal J. Bogliaccini, psicopedagogo y director de Lab International School, que sostiene que el gran reto de la escuela ya no es tecnológico, sino profundamente educativo. Su planteamiento desplaza el foco desde la transmisión de información hacia capacidades como el pensamiento crítico, la creatividad, el criterio personal y la construcción de una identidad propia en un entorno saturado de respuestas inmediatas.
Una crisis que mezcla aprendizaje y bienestar
La discusión no llega en un vacío. La OMS viene advirtiendo del peso de la salud mental en la adolescencia: uno de cada siete jóvenes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental, con la ansiedad y la depresión entre los más frecuentes, según la Organización Mundial de la Salud. En paralelo, distintos indicadores internacionales reflejan que la experiencia escolar también se resiente en términos de pertenencia y vínculo.
Bogliaccini plantea que ambos planos no pueden separarse. Cuando el aula deja de conectar con las preguntas reales de los adolescentes, sostiene, no solo se debilita el aprendizaje: también se erosiona el sentido de estar ahí. La escuela, en esa lectura, no compite solo con nuevas tecnologías, sino con una sensación de desconexión que afecta a la motivación, a la atención y a la relación de los alumnos con su propio futuro.
Qué enseña la escuela cuando las respuestas están en todas partes
El núcleo del debate está en una evidencia cada vez más visible: la escuela pierde el monopolio del conocimiento. La información ya no es escasa y las respuestas básicas están al alcance de casi cualquiera. Por eso, la función del profesorado y de los centros educativos se desplaza hacia otra tarea más compleja: enseñar a distinguir lo relevante de lo accesorio, a detectar errores, a formular buenas preguntas y a convivir con la incertidumbre.
Esa idea atraviesa el ensayo Aníbal J. Bogliaccini La consciencia que educa. Educar en la era de la inteligencia artificial, donde el autor reflexiona sobre una escuela que ya no puede legitimarse solo por los contenidos que transmite. Su tesis es que el valor diferencial de la educación está ahora en reforzar capacidades humanas difíciles de automatizar: pensamiento crítico, empatía, creatividad, juicio y sentido.
Las habilidades que ganan valor en el mercado laboral
La revisión del modelo educativo también responde a un cambio en el empleo. El World Economic Forum, en su informe Future of Jobs Report 2025, sitúa entre las competencias con mayor proyección el pensamiento analítico, el pensamiento creativo, la resiliencia, la flexibilidad y la curiosidad ligada al aprendizaje continuo. La señal es clara: memorizar datos importa menos que saber utilizarlos con contexto y criterio.
En la misma línea, la OCDE, a través de su marco Learning Compass 2030, insiste en una educación orientada a la capacidad de actuar, colaborar, resolver problemas complejos y desenvolverse en un mundo cambiante. El debate ya no se formula en términos de digitalizar más las aulas, sino de decidir qué tipo de inteligencia humana conviene cultivar cuando la tecnología ya está presente.
La escuela como espacio de pertenencia
En este contexto, Bogliaccini defiende recuperar la escuela como un lugar de comunidad. No solo un espacio académico, sino un entorno donde los adolescentes puedan equivocarse, dialogar, construir relaciones significativas y ensayar quiénes son. La idea conecta con una preocupación creciente entre familias y docentes: el aprendizaje pierde eficacia cuando no existe seguridad emocional ni sensación de pertenencia.
Ese planteamiento también forma parte del discurso de Lab International School, un proyecto con sede en Madrid que pone el acento en la personalización, el acompañamiento emocional y la orientación vocacional. Más allá del modelo concreto de cada centro, la cuestión de fondo que aflora en el inicio del curso es otra: si la escuela quiere seguir siendo decisiva, necesita demostrar que sirve para algo más que ordenar contenidos que internet y la IA ya ofrecen en segundos.
La conversación educativa entra así en una fase menos deslumbrada por la novedad tecnológica y más exigente con el propósito de la enseñanza. En pleno avance de la IA, el debate deja de girar en torno a si las máquinas saben responder y se centra en si la escuela sigue sabiendo formular las preguntas que importan.