¿Por qué los campos de golf tienen 18 hoyos? La curiosa historia detrás del número sagrado del golf

El golf es un deporte lleno de rituales, normas no escritas y tradiciones centenarias. Algunas son bien conocidas; otras, en cambio, esconden historias tan curiosas como reveladoras. Una de las preguntas más repetidas entre aficionados —y no tan aficionados— es aparentemente sencilla: ¿por qué los campos de golf tienen 18 hoyos y no 15, 20 […]

El golf es un deporte lleno de rituales, normas no escritas y tradiciones centenarias. Algunas son bien conocidas; otras, en cambio, esconden historias tan curiosas como reveladoras. Una de las preguntas más repetidas entre aficionados —y no tan aficionados— es aparentemente sencilla: ¿por qué los campos de golf tienen 18 hoyos y no 15, 20 o cualquier otro número? La respuesta nos lleva siglos atrás… y tiene aroma a whisky escocés.

© RFEG

Cuando no todos los recorridos eran iguales

En los orígenes del golf, la uniformidad brillaba por su ausencia. Entre mediados del siglo XVIII y finales del XIX, era habitual encontrar campos con 5, 7, 13 o 15 hoyos, e incluso recorridos tan singulares como los 25 hoyos de Montrose o los 11 de St. Andrews, donde se jugaban dos vueltas para completar un total de 22 hoyos.

Durante esa época, cada campo se adaptaba al terreno disponible, al mantenimiento posible y a la tradición local. No existía un estándar universal y el número de hoyos variaba tanto como los paisajes donde se jugaba.

St. Andrews marca el camino

El punto de inflexión llegó en 1764, cuando el mítico St Andrews Old Course decidió pasar de 22 a 18 hoyos. El motivo oficial fue tan pragmático como convincente: era más fácil y económico mantener 18 hoyos sin alterar el espíritu del juego.

Décadas más tarde, en 1858, el The R&A incluyó en su reglamento que una partida de golf se disputaría en 18 hoyos, “salvo que se acuerde lo contrario antes de comenzar”. Aquella coletilla dejaba margen… pero el estándar ya estaba sembrado.

Con el paso del tiempo, otros campos comenzaron a imitar el modelo de St. Andrews y la norma se extendió progresivamente por todo el mundo hasta convertirse en ley no escrita del golf moderno.

¿Duración perfecta o resistencia humana?

A lo largo de los años se han formulado varias teorías para justificar por qué 18 hoyos resultaban ideales. Algunas defendían que era la duración perfecta de una partida, ni demasiado corta ni excesivamente larga. Otras sostenían que esa era la distancia máxima razonable que un jugador podía recorrer en un solo día. Sin embargo, hay una explicación alternativa —mucho más pintoresca— que ha fascinado a generaciones de golfistas.

La teoría del whisky (y por qué nos encanta)

Cuenta la leyenda que, durante una reunión celebrada en St. Andrews en 1858, un respetado miembro escocés de la junta ofreció una reflexión difícil de rebatir. Según explicó, tenía la costumbre de empezar cada ronda con una botella llena de whisky escocés en la bolsa de palos y tomarse un pequeño “chupito medicinal” en cada tee para combatir el duro clima local.

El razonamiento era impecable: Una botella estándar se vacía en 18 tragos. Mientras quedara whisky, jugar era placentero. Continuar jugando con la botella vacía, en cambio, no era nada saludable.

Conclusión: 18 hoyos, ni uno más ni uno menos. Cambiar la norma solo sería posible —según él— si las botellas se hicieran más grandes, algo que consideraba un riesgo excesivo para la productividad nacional.

Mito o realidad, pero una tradición eterna

No hay pruebas definitivas de que esta teoría fuera decisiva, pero sí está claro que es la historia que más ha calado entre los aficionados, hasta el punto de que más de uno ha sentido la tentación de comprobarla por sí mismo… con resultados variables según el clima y la tolerancia personal.

Sea por razones prácticas, reglamentarias o etílicas, lo cierto es que la vuelta oficial de golf quedó fijada en 18 hoyos, una cifra que hoy define la estructura del deporte en todo el mundo.

Y como ocurre con muchas grandes tradiciones del golf, quizá lo importante no sea saber si la historia es completamente cierta, sino que encaja a la perfección con el espíritu del juego: paciencia, tiempo… y un toque de leyenda escocesa.