Las aguas turquesas de Formentera han vuelto a recibir este verano al Creole, el legendario velero de la familia Gucci, considerado una de las embarcaciones más bellas y lujosas del mundo. Con una eslora de 65 metros, capacidad para 11 invitados y una tripulación de hasta 15 personas, esta joya náutica surca cada año el Mediterráneo como símbolo de elegancia, historia y exclusividad.

Construido en 1927 por los astilleros Camper & Nicholsons en Inglaterra, el velero fue originalmente bautizado como Vira y utilizado por la Marina Real Británica durante la Segunda Guerra Mundial. Tras el conflicto, pasó por varias manos, incluyendo las del compositor Maurice Ravel y el magnate griego Stavros Niarchos, antes de ser adquirido en 1983 por Maurizio Gucci, heredero del imperio de la moda.
La embarcación fue sometida a una restauración minuciosa durante seis años, supervisada personalmente por Maurizio, quien la convirtió en un símbolo flotante del lujo Gucci. Sin embargo, el destino del Creole quedó marcado por la tragedia: poco después de finalizar la restauración, Maurizio fue asesinado en Milán por orden de su exesposa, Patrizia Reggiani, un episodio que alimentó la leyenda negra del velero, considerado por muchos como “maldito”.
A pesar de su historia turbulenta, el Creole sigue siendo un referente de la navegación clásica. Fabricado en madera y con una superficie de velas que supera los 1.200 metros cuadrados, su mantenimiento anual ronda los dos millones de euros, y su alquiler semanal puede alcanzar los 250.000 euros.

Los interiores del velero combinan maderas nobles, mármol italiano y textiles de alta gama, sin logos visibles pero con una estética inconfundible. Cada verano, el Creole fondea cerca de las playas más exclusivas de Ibiza y Formentera, convirtiéndose en escenario de sesiones fotográficas, fiestas privadas y cenas de la jet set internacional.
Además de su vínculo con la familia Gucci, el Creole tiene una conexión histórica con la realeza española: fue el barco elegido por Juan Carlos I y Sofía para pasar su noche de bodas en 1962, iniciando una extensa luna de miel por el Mediterráneo, Mónaco, India, Japón y Estados Unidos.
Actualmente, el velero pertenece a Alessandra y Allegra Gucci, hijas de Maurizio, quienes lo conservan como legado familiar y símbolo de su padre. Su presencia en Formentera no sólo representa el lujo, sino también una narrativa de herencia, estilo y resiliencia.