Muere el Aga Khan IV, el Príncipe sin trono pero con un imperio de influencia

En un mundo donde la opulencia y la filantropía rara vez van de la mano, Karim Aga Khan IV logró combinar ambas con una destreza inusual. Príncipe sin territorio, pero con una influencia global incuestionable, falleció este martes en Lisboa a los 88 años, dejando tras de sí un legado que trasciende la riqueza y […]

En un mundo donde la opulencia y la filantropía rara vez van de la mano, Karim Aga Khan IV logró combinar ambas con una destreza inusual. Príncipe sin territorio, pero con una influencia global incuestionable, falleció este martes en Lisboa a los 88 años, dejando tras de sí un legado que trasciende la riqueza y los lujos que marcaron su vida. No fue un monarca en el sentido convencional, pero su papel como líder espiritual de los ismaelitas le otorgó un estatus casi real. Su nombre era sinónimo de poder, jet set y un compromiso incansable con el desarrollo de las comunidades musulmanas en distintas partes del mundo.

Su historia comenzó lejos de los escenarios de Oriente Medio que uno podría imaginar para un príncipe musulmán. Nació en Suiza en 1936 y recibió una educación occidental, primero en un internado exclusivo y luego en Harvard, donde estudió historia islámica. Sin embargo, a los 20 años su destino cambió abruptamente. Su abuelo, el Aga Khan III, un personaje célebre por sus excentricidades y su enorme fortuna, decidió que su sucesor no sería su propio hijo, sino su nieto Karim. La decisión sorprendió a muchos, pero el joven no tardó en asumir el papel con seriedad.

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Dejó los libros para embarcarse en un extenso recorrido por Asia y África, donde consolidó su liderazgo entre los ismaelitas, una comunidad chií repartida en más de 30 países. Pero su influencia no se limitó a lo religioso. En las siguientes décadas, creó la Red de Desarrollo Aga Khan (AKDN), la mayor organización privada dedicada a la educación, la sanidad y el progreso social en regiones empobrecidas. Bajo su mando, la AKDN desplegó proyectos en lugares tan dispares como Pakistán, Afganistán o Mozambique, beneficiando a millones de personas.

Sin embargo, el Aga Khan IV no solo fue conocido por su faceta filantrópica. Su estilo de vida despertaba la fascinación de la prensa. Hombre de gustos refinados, era un asiduo de la alta sociedad europea, y su fortuna le permitió rodearse de lujo. Residencias en Francia, una de las cuadras de caballos más prestigiosas del mundo y una vida entre yates y palacios marcaron su día a día. Sus matrimonios también fueron objeto de titulares: primero con la modelo británica Sally Croker-Poole, con quien tuvo tres hijos, y más tarde con la socialité alemana Gabriele Thyssen, de quien se divorció en 2004.

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Su conexión con las monarquías europeas, especialmente la española y la británica, le convirtió en una figura habitual en eventos reales. Su amistad con el rey Juan Carlos fue especialmente estrecha, cimentada desde la infancia, cuando ambos compartieron aulas en un exclusivo internado suizo. A lo largo de los años, sus caminos siguieron entrelazados, ya fuera en cacerías, en el mar o en discretas reuniones privadas.

A pesar de su vida de lujos, el Aga Khan IV insistió en ser recordado por su labor humanitaria. Bajo su dirección, la AKDN impulsó el Premio Aga Khan de Arquitectura, una distinción que reconoce proyectos arquitectónicos que contribuyen a mejorar la vida en comunidades musulmanas. En 1998, este galardón recayó en la Alhambra de Granada, un gesto que reforzó sus lazos con España.

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En los últimos años, el príncipe se estableció en Lisboa, donde el gobierno portugués le concedió la nacionalidad en 2019. Desde allí, supervisó los proyectos de su fundación y consolidó la sede global del Imamat ismaelí en un palacio histórico. Su legado ahora queda en manos de su hijo, Rahim Aga Khan, quien ha sido designado como su sucesor y enfrentará el reto de mantener el equilibrio entre la modernidad y la tradición.

Aga Khan IV se despide dejando una huella compleja y fascinante. Un hombre de fortuna incalculable que, sin embargo, invirtió gran parte de su vida en mejorar la de los demás. Un príncipe sin reino, pero con un vasto imperio de influencia. Un líder que, entre yates, caballos y palacios, nunca dejó de pensar en las comunidades que veían en él algo más que un millonario: un guía.